Eliza
Estaba sentada en el sofá, acurrucada con una taza de café caliente entre mis manos, mientras intentaba procesar un día extraño y agotador en el trabajo. La suavidad del terciopelo bajo mis piernas y el aroma del café recién hecho eran reconfortantes, pero no lo suficiente para silenciar el bullicio en mi cabeza.
Habían pasado cinco días desde que el Señor Müller y yo habíamos comenzado con esta extraña dinámica de fingir ser pareja, y aún me resultaba difícil comprender cómo estábamos lo