El amanecer londinense apenas asomaba cuando Violeta salió del hospital. El aire estaba fresco, con ese olor a lluvia que parecía incrustarse en la piel. Se ajustó el abrigo con cansancio; llevaba más de diez horas de pie y sentía que cada músculo de su cuerpo se quejaba. Solo pensaba en una ducha caliente. Ahora solo tendría que correr a la parada del bus para no congelarse, por ello no esperaba verlo allí.
—¿Harry? —dijo sorprendida, al encontrar al médico apoyado en su auto, con una sonrisa