El amanecer entraba suavemente por la ventana del hospital, tiñendo las cortinas de un dorado pálido. El sonido constante del monitor cardíaco marcaba el ritmo sereno de la habitación, y Violeta, todavía medio dormida, giró apenas sobre la cama, buscando el calor de la manta.
A un lado, Liam permanecía sentado en una silla de cuero, con la mirada fija en ella. No había pegado un ojo en toda la noche. Cada respiración, cada pequeño movimiento de Violeta lo mantenía alerta, como si su sola existe