El amanecer apenas despuntaba, tiñendo de un gris azulado las ventanas del hospital. El aire olía a café recalentado y desinfectante, un aroma que se había vuelto parte de la rutina de Violeta.
Llevaba desde las cinco de la mañana en la sala de espera, con los dedos entrelazados sobre las rodillas y la mente llena de pensamientos que se contradecían.
A su alrededor, las luces blancas parpadeaban suavemente y el silencio se interrumpía solo por los pasos apresurados de las enfermeras. Ese día