Punto de vista de Rosalie
Desperté con la luz del sol colándose por la ventana y la cama vacía.
Aiden se había ido.
Me incorporé de golpe y me aferré a la cobija. El cuerpo me dolía de aquella forma persistente y agradable que hacía que los recuerdos acudieran en tropel. Había indicios de la noche anterior por doquier: sábanas revueltas, marcas tenues en mi piel y el inconfundible recordatorio de que nada había sido un sueño.
Pero él no estaba.
Tomé el teléfono.
Siete y media de la mañana.
Papá ya estaría despierto. Jeffery también. ¿Se habría escabullido Aiden antes de que alguien se diera cuenta?
Me vestí a toda prisa con unos jeans y una camiseta. Me temblaban las manos mientras me recogía el cabello en una coleta.
¿Qué significaba esto?
¿Dónde estaba?
Bajé las escaleras a hurtadillas, con el corazón desbocado.
Me detuve en el pasillo. El murmullo de unas voces llegaba desde la cocina.
Eran de papá, de Jeffery y de Aiden.
—¿Así que de verdad te vas hoy? —preguntó Jeffery.
—Sí. Mi vuelo sale a las dos.
—Hermano, casi ni pudimos verte.
—Lo sé. Lo siento.
—Es tu trabajo, lo entendemos. —Ese era mi padre—. Estamos orgullosos de ti.
Respiré hondo y entré a la cocina.
Los tres hombres levantaron la vista.
Papá sonrió y Jeffery asintió, mientras que la expresión de Aiden se mantuvo impasible.
—Buenos días, cariño —dijo papá—. ¿Qué quieres desayunar?
—No tengo hambre.
La mirada de Aiden se posó en mí antes de apartarse de inmediato.
—¿Estás bien? —preguntó Jeffery—. Te ves un poco pálida.
—Estoy bien.
Me serví una taza de café con mano temblorosa.
Sabía que Aiden me observaba.
Al darme la vuelta, ya tenía los ojos clavados en mí.
—Debo terminar de empacar —soltó de pronto, poniéndose de pie—. Gracias por el desayuno, coronel.
—No hay de qué.
Aiden pasó por mi lado sin decir ni media palabra ni mirarme, como si yo fuera una extraña. Como si la noche anterior no hubiera significado nada.
Me quedé paralizada, con el calor de la taza de café entre las manos.
—¿Rosie?
La voz de papá me sacó de mis pensamientos.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí. Solo cansada. No dormí bien.
Jeffery soltó un bufido.
—Tú nunca duermes bien. Siempre te quedas despierta hasta las tres de la mañana trabajando en algún proyecto de arte.
Si tan solo supiera lo que de verdad había estado haciendo a las tres de la mañana.
Me disculpé y volví a subir.
Me detuve en el pasillo, con la vista fija en la puerta de la habitación de invitados donde se alojaba Aiden.
Debería dejarlo en paz.
Debería darle espacio.
Debería respetar el hecho de que había dicho «una noche».
Pero no podía.
Llamé a la puerta con suavidad.
—Adelante.
Abrí.
Estaba metiendo ropa en una bolsa de lona. No me miró.
—Tenemos que hablar —dije en voz baja.
—No, no tenemos.
—Aiden, por favor.
—Te lo dije: una noche. Eso es todo.
Aquellas palabras me dolieron mucho más de lo que deberían.
—¿Y ya está? ¿Solo te vas a ir y vas a fingir que nada de esto pasó?
—Sí.
—No es justo.
Por fin me miró. Su expresión era gélida.
—La vida no es justa, Rosalie. Acostúmbrate.
Di un respingo.
Él retomó su tarea de empacar.
—Tienes que irte. Si Jeffery o tu padre te ven aquí, sabrán que algo anda mal.
—No me importa.
—A ellos sí. Tu hermano es mi mejor amigo y tu padre es como un padre para mí. No voy a perderlos porque no pude evitar ponerte las manos encima.
—No vas a perder a nadie. Ambos somos adultos, podemos tomar nuestras propias decisiones.
—Tienes diecinueve años, no sabes de lo que hablas.
—Deja de tratarme como a una niña.
—Entonces deja de actuar como tal.
Habló con dureza.
—Fue sexo, eso fue todo. No le des más importancia de la que tiene.
Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera contenerlas.
Él las vio y apretó la mandíbula.
Pero no se retractó de sus palabras.
—Me tengo que ir —dijo—. Jeffery me llevará al aeropuerto en una hora.
—¿Cuándo volveré a verte?
—No lo harás.
—¿Qué?
—Esto no puede volver a pasar. Lo de anoche fue un error. Uno enorme. Olvida que sucedió.
—¿Y cómo se supone que haga eso?
—No lo sé, pero lo harás. Volverás a la universidad, conocerás a un buen chico de tu edad y seguirás adelante.
—No quiero seguir adelante.
—Qué lástima.
Cerró la bolsa de lona y se la echó al hombro.
Luego se dirigió hacia la puerta, directo hacia mí.
En lugar de apartarme, me quedé quieta y le bloqueé el paso.
—Por favor, no hagas esto —susurré.
—Apártate, Rosie.
—No.
Un destello le cruzó la mirada.
Dolor, tal vez.
Arrepentimiento.
Sin embargo, se esfumó tan rápido como había aparecido.
—No te deseo —dijo con claridad—. Lo de anoche fue un error. Estabas disponible y yo necesitaba una distracción antes del despliegue. Eso es todo.
Las palabras me calaron hondo.
Más hondo de lo que creía que algo podría herir.
—Mientes.
—No miento.
—Dijiste que era perfecta. Dijiste que estar conmigo se sentía increíble.
—Digo muchas cosas en la cama. Eso no significa que sean ciertas.
Le di una bofetada.
El chasquido resonó en la pequeña habitación y me ardió la palma de la mano.
Él apenas ladeó la cabeza, y me miró con aquellos ojos fríos y sin vida.
—¿Te sientes mejor?
—No.
—Bien. Ahora, apártate.
Me hice a un lado y él pasó.
Se detuvo en el umbral.
—Por si sirve de algo —dijo sin darse la vuelta—, mereces a alguien mejor que yo.
Luego se marchó.
Me quedé allí de pie en la vacía habitación de invitados y me derrumbé.
Una hora después, la puerta principal se cerró y encendieron la camioneta de Jeffery.
Los escuché irse, pero no bajé a despedirme.
Dos semanas después, me quedé mirando la prueba de embarazo que sostenía entre manos temblorosas.
Era positiva.