Capítulo 2
Punto de vista de Rosalie

No podía moverme. Me quedé paralizada en el umbral de la cocina, mirando a Aiden como un ciervo deslumbrado por los faros.

Se me acercó.

El espacio que nos separaba se desvaneció; su jabón, limpio y masculino, me envolvió junto con el calor que irradiaba su cuerpo.

—Afuera —dijo—. Ahora.

—No creo que sea una buena idea.

—Me tiene sin cuidado lo que creas —Su tono era implacable—. Afuera.

Me tomó del codo, con firmeza pero sin brusquedad, y me guio hacia la puerta trasera. La piel me ardía allí donde me tocaba. Salimos al porche; el sol ya se había puesto y el aire era cálido, pero yo estaba temblando.

Cerró la puerta a nuestras espaldas y se volvió para mirarme.

Por un largo instante se quedó ahí de pie, con las manos apretadas a los costados. El pecho le subía y bajaba como si acabara de correr un maratón.

—¿En qué demonios estabas pensando? —preguntó al fin.

Me abracé a mí misma.

—No intentaba ver nada. Solo iba a mi habitación y la puerta estaba abierta. No sabía que estabas ahí.

—Mentirosa.

Di un respingo.

—Te quedaste ahí parada mirándome —continuó, con la voz más baja y oscura—. No te fuiste. No cerraste la puerta. Te quedaste observándome mientras pronunciaba tu nombre.

Me ardía la cara.

—Lo siento.

—¿Lo sientes? —Soltó una carcajada carente de toda gracia—. ¿Lo sientes?

—Sí. No debí quedarme. Debí haberme ido, lo sé.

Dio otro paso al frente. Retrocedí hasta chocar contra la baranda del porche.

—¿Tienes idea de lo que estás haciendo?

Negué con la cabeza.

—Pasé seis malditos años fingiendo que no existías. Seis años manteniéndome alejado de ti. Seis años repitiéndome que solo eras una niña. La hermanita de Jeffery. Intocable, prohibida. Y lo llevaba bien. Lo tenía bajo control.

Se me cortó la respiración.

—¿Tenías qué bajo control?

—A ti.

Estaba tan cerca que podía distinguir las motas doradas en sus ojos oscuros.

—Mantener a raya lo que siento por ti. Lo que he sentido desde que cumpliste dieciocho años y te apareciste en la base con ese maldito vestido de verano.

—Aiden...

—No pronuncies mi nombre de esa manera.

—¿De qué manera?

—Como si quisieras que hiciera algo.

Pero, en efecto, quería que hiciera algo.

Quería que acortara la distancia entre ambos.

Quería que me besara.

Quería que me tocara.

—Tengo diecinueve años —susurré—. Ya no soy una niña.

Un destello le cruzó la mirada.

—Aun así, eres demasiado joven.

—¿Para quién? ¿Para ti?

—Sí.

—¿Por qué? ¿Porque mi hermano te mataría? ¿Porque mi papá perdería la cabeza? ¿O porque tienes miedo?

—No le tengo miedo a nada.

—Entonces bésame.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos como un desafío.

Apretó la mandíbula con tanta fuerza que escuché el rechinar de sus dientes y se aferró a la baranda a ambos lados de mi cuerpo, dejándome acorralada. Se apretó contra mí; era todo calor, puro músculo y poder contenido.

—No tienes idea de lo que estás pidiendo —dijo con los dientes apretados.

—Claro que sí.

—No, Rosie, no la tienes. Crees que quieres esto, crees que me deseas, pero no soy un universitario cualquiera que te va a llevar a citas románticas y te tomará de la mano. No soy delicado ni te trataré como a una princesa.

—No quiero que lo hagas.

Dejó escapar un sonido áspero, a medio camino entre un gruñido y un gemido.

—He pensado en ti a diario durante meses —dijo con voz ronca—. He imaginado tu sonrisa, tu voz… lo que sentiría al tenerte cerca. Y cada una de esas veces me he odiado por ello.

El corazón me latía tan fuerte que creí que me iba a estallar.

—Deja de odiarte —susurré.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque mereces a alguien mejor que yo.

—¿Y si no quiero a nadie mejor? ¿Qué pasa si solo te quiero a ti?

Algo se quebró en su interior.

Me besó.

Con dureza, desesperado. Como si se estuviera ahogando y yo fuera el oxígeno.

Su boca reclamó la mía con una avidez que me robó el aliento. La lengua se abrió paso entre mis labios, y le correspondí sin pensarlo. Deslizó una mano por mi cabello, enredando los dedos en los mechones mientras me inclinaba la cabeza hacia atrás para profundizar el beso.

Dejé escapar un leve suspiro.

Se apartó lo justo para mirarme, con la respiración entrecortada.

—Última oportunidad —dijo—. Pídeme que pare. Dime que me vaya. Dime que no quieres esto.

—Quiero esto —aseguré—. Te quiero a ti.

—Mierda.

Me besó de nuevo, esta vez con mayor intensidad, y apoyó la otra mano en mi cintura para pegarme contra su cuerpo. Su deseo por mí era evidente.

Descansé las manos sobre su pecho, sus latidos retumbaban desbocados bajo mis palmas y percibí cómo se le tensaban los músculos ante mi tacto. Un sonido áspero brotó de su garganta, primitivo y posesivo.

Entonces, se apartó de nuevo.

—Aiden, tú... —Alargué la mano hacia él.

—Me voy mañana —soltó de golpe.

Parpadeé, aturdida.

—¿Qué?

—Me despliegan otra vez. Salgo mañana por la tarde.

Sus palabras me cayeron como un golpe en el estómago.

—¿Por cuánto tiempo?

—Seis meses. Tal vez más.

Seis meses.

Una eternidad.

—Entonces, ¿por qué me estás besando? —pregunté con la voz quebrada.

—Porque soy un bastardo egoísta que no puede mantenerse alejado de ti, aun sabiendo que debería.

—No lo entiendo.

—Sé que no —Se pasó una mano por el cabello, con expresión torturada—. No debí tocarte. No debí besarte. Y, sin lugar a dudas, no debería estar pensando en ti de la forma en que lo hago ahora mismo.

—¿De qué forma?

La mirada se le ensombreció.

—No me preguntes eso.

—Dímelo.

—Rosie...

—Dímelo, Aiden. Dime qué quieres.

Me observó durante un largo momento. Luego volvió a acercarse y bajó la voz.

—Quiero llevarte arriba, a tu habitación. Quiero tomarme mi tiempo para aprenderme cada rincón de ti. Quiero ser el hombre que recuerdes cuando me haya ido. Quiero hacerte olvidar a cualquier otro que venga después de mí. Quiero que sepas exactamente cuánto te deseo.

Yo temblaba, ardía. Estaba desesperada.

—Entonces hazlo —susurré.

Se apartó para mirarme.

—Eres virgen, ¿verdad?

Asentí.

—Mierda —Cerró los ojos—. No puedo. No puedo ser el primero y luego largarme. No es justo para ti.

—No me importa lo que sea justo. Me importas tú.

—Ni siquiera me conoces.

—Conozco lo suficiente.

—No, no es cierto. No sabes lo que he hecho ni lo que he visto. La oscuridad que cargo conmigo. No sabes que estoy dañado, roto y que ni de lejos soy lo bastante bueno para alguien como tú.

Alcé los brazos y le acuné el rostro entre las manos.

Se quedó inmóvil.

—Entonces muéstramelo —dije con suavidad—. Muéstrame quién eres. Muéstrame esa oscuridad. Muéstramelo todo. No tengo miedo.

—Deberías tenerlo.

—Pero no es así.

Se apoyó contra mis manos y cerró los ojos un instante. Al abrirlos, la guerra que se libraba en su interior estaba grabada en su rostro.

—Una noche —concedió al fin—. Te daré una noche. Luego me iré, y después de eso no volveremos a hablar de esto nunca más.

Dolió.

La idea de tenerlo por una sola noche me dolió más de lo que creía posible.

Pero una noche era mejor que nada.

—De acuerdo.

—En tu cuarto. A medianoche, cuando todos se hayan dormido.

—Te estaré esperando.

Dio un paso atrás y volvió a interponer distancia entre ambos. La máscara regresó a su sitio, el soldado impasible había reemplazado al hombre desesperado.

—No me hagas arrepentirme de esto —dijo.

Luego se dio la vuelta y se marchó, dejándome sola en el porche con el corazón desbocado y cada fibra de mi ser echándolo ya de menos.

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