Punto de vista de Rosalie
No podía dormir.
Acostada en la cama, clavé la vista en el techo mientras los minutos avanzaban en el teléfono: once y quince, once y media, once y cuarenta y cinco...
Cada ruido de la casa me hacía dar un respingo. Cada crujido de la madera me aceleraba el corazón.
¿Y si no venía?
¿Y si había cambiado de opinión?
¿Y si me lo había imaginado todo?
A las once y cincuenta, me levanté para cambiarme. Llevaba puesta una sudadera y pantalones deportivos, prendas que me quité de inmediato; luego, me quedé contemplando el interior de mi armario.
¿Qué se suponía que debías ponerte cuando el hombre al que habías deseado durante años por fin iba a entrar a tu cuarto?
Al final, me decidí por una sencilla camiseta negra de tirantes y unos pantalones cortos de pijama a juego. Nada demasiado obvio. Nada que diera la impresión de haberme esforzado en exceso.
Me dejé el cabello suelto y prescindí por completo del maquillaje. Quería que me viera tal y como era en realidad.
A las once y cincuenta y ocho, me senté al borde de la cama a esperar.
Justo a la medianoche, sonaron unos suaves golpes en la puerta.
Me puse de pie.
Las piernas me temblaron. También las manos.
—Adelante —susurré.
La puerta se abrió despacio.
Aiden entró y la cerró en silencio a sus espaldas. Luego puso el seguro. El chasquido resonó en la quietud del cuarto.
Llevaba puestos unos pantalones deportivos negros y una camiseta negra ajustada que resaltaba su ancha complexión. Tenía el cabello alborotado, como si se lo hubiera estado peinando con los dedos. Su expresión era sombría e intensa.
Nos miramos durante un largo rato.
—Última oportunidad —dijo en voz baja—. Puedo marcharme ahora mismo y olvidamos que esto pasó.
—No quiero que te vayas.
—En cuanto te toque, no podré detenerme. ¿Lo entiendes?
Asentí.
Cruzó la habitación con tres largas zancadas, alzó las manos para acunarme el rostro y me acarició las mejillas con los pulgares.
—Eres tan hermosa —murmuró—. ¿Lo sabes?
Nadie me había dicho nunca que fuera hermosa.
No de esa manera.
Y, por alguna razón, no importaba.
—Aiden...
—Si te lastimo, si sientes que es demasiado o si quieres que pare, dímelo. ¿De acuerdo?
—No quiero que pares.
—Prométemelo.
—Lo prometo.
Entonces me besó. Más despacio que antes, más profundo. Como si estuviera memorizándome.
Sus manos me recorrieron el cuello, los hombros y los brazos mientras me apretaba contra él.
Le correspondí con todas mis fuerzas, condensando seis años de deseo en aquel beso. Seis años de observarlo desde lejos. Seis años de soñar con este preciso momento.
Sus manos se posaron en el borde de mi camiseta.
Se apartó lo justo para mirarme.
—¿Puedo?
—Sí.
Me la sacó por la cabeza.
No llevaba sostén. Ni siquiera lo había pensado.
Su mirada recayó en mis pechos desnudos y apretó la mandíbula.
—Perfecta —suspiró—. Eres jodidamente perfecta.
Me aferró los pechos con las manos. Los pulgares me rozaron los pezones y solté un jadeo sin poder evitarlo. Una oleada de placer me inundó entre las piernas.
Inclinó la cabeza y se llevó uno a la boca. Gemí y enredé las manos en su cabello para apretarlo contra mí. Succionó, lamió y mordisqueó con suavidad hasta que empecé a retorcerme.
Luego, le dedicó el mismo trato al otro pecho.
Me flaqueaban las rodillas y me latía cada centímetro del cuerpo. Jamás había sentido nada semejante.
—Aiden, por favor...
—¿Por favor qué, nena?
—Necesito más.
Me levantó sin esfuerzo y me depositó sobre la cama. A continuación, deslizó los dedos por el interior de mis pantalones cortos de pijama y los bajó junto con mi ropa interior. Quedé desnuda ante él.
Se quedó de pie al borde de la cama, inmóvil, observándome. Sus ojos se oscurecieron de forma gradual, volviéndose cada vez más intensos.
—Abre las piernas —ordenó con suavidad.
Lo hice.
Un ruido gutural resonó desde su garganta.
—Ya estás húmeda por mí...
Sí. Podía sentir lo húmeda que estaba, lo preparada que me encontraba.
Se quitó la camiseta, luego los pantalones y después la ropa interior.
Era justo como lo recordaba del baño. Grueso, duro y magnífico.
Subió a la cama y se acomodó entre mis muslos. Sus dedos ascendieron por la cara interna de mi pierna, acercándose cada vez más al lugar donde más lo necesitaba.
—¿Alguna vez te han tocado aquí? —preguntó.
—Solo yo misma.
—Muéstrame cómo te tocas.
Me ardió la cara.
—¿Qué?
—Muéstrame. Quiero ver qué te gusta.
Con mano temblorosa, deslicé los dedos entre las piernas, encontré mi clítoris y comencé a frotarlo en círculos lentos.
Sus ojos estaban pegados a mi mano.
—Mierda, qué excitante. Sigue.
Lo hice, y el placer fue en aumento. Pero no era suficiente. Nunca lo era cuando lo hacía yo sola.
—Por favor, Aiden, te necesito.
Apartó mi mano y la reemplazó por la suya. Sus dedos eran más ásperos, grandes y mejores. Me acarició el clítoris mientras su otra mano descendía.
—Voy a dilatarte —dijo—. Puede que duela al principio.
Un dedo grueso se introdujo en mi interior y me tensé de inmediato.
—Relájate, nena. Respira.
Lo intenté. Se movió despacio, entrando y saliendo, hasta que empecé a acostumbrarme. Luego, introdujo un segundo dedo.
Gemí. Era demasiado... Me sentía muy llena.
—Así —me animó—. Lo estás haciendo muy bien. Recibes mis dedos de maravilla.
Los curvó en mi interior y rozó algo que me hizo dar un respingo.
—Ahí está —dijo con satisfacción—. Justo ahí.
Continuó estimulando ese punto exacto mientras trabajaba mi clítoris con el pulgar. El placer creció y creció hasta que creí que iba a estallar.
—Aiden, creo que voy a...
—Córrete para mí, Rosie. Déjame sentirlo.
El orgasmo me embistió como una ola. Grité y arqueé la espalda sobre el colchón. Me acompañó en el viaje; sus dedos no se detuvieron en ningún momento, hasta que me quedé temblando sin control y supersensible.
Cuando bajé de la nube, sacó los dedos y se los llevó a la boca. Los chupó para limpiarlos, sin apartar la vista de mí un solo instante.
—Sabes a gloria —dijo.
A continuación, se posicionó en mi entrada.
—Esto va a doler —advirtió—. Pero iré despacio.
—Confío en ti.
Apenas introdujo la punta y ya me había quedado sin aliento. Era muchísimo más grande que sus dedos.
—Respira, nena.
Empujó un par de centímetros más. Solté un gemido lastimero y me aferré a sus hombros con las manos.
—Lo estás haciendo muy bien —murmuró—. Solo un poco más.
Empujó más hondo, y el ardor me abrumó tanto que los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Aiden, es demasiado.
—Lo sé. Lo siento. Respira… va a mejorar.
Se quedó quieto para darme tiempo a adaptarme. Luego, con una embestida suave y profunda, entró por completo en mí.
Grité. Ardía, dolía y resultaba insoportable.
—Lo siento —murmuró contra mi cuello—. Lo siento mucho, nena. Pero lo peor ya pasó.
Se quedó inmóvil, enterrado en lo más profundo de mi ser. Podía sentir cómo temblaba por el esfuerzo de contenerse.
Poco a poco, el dolor se disipó y el ardor se transformó en algo distinto. Algo placentero.
—Sigue —susurré—. Por favor, sigue.
Se retiró un poco y volvió a empujar. Con suavidad. Con cuidado.
—Más fuerte —jadeé.
—¿Estás segura?
—Sí.
Embistió con más fuerza. Un placer inmenso me recorrió el cuerpo.
—Mierda —gemí—. ¡Así! ¡No pares!
Encontró su ritmo, profundo y constante. Me agarró las caderas con las manos. Sus ojos no se apartaron de los míos en ningún momento.
—Eres increíble —dijo—. Tan estrecha. Tan perfecta.
El placer fue en aumento de nuevo, más intenso que antes. Le rodeé la cintura con las piernas para atraerlo a mayor profundidad.
Gimió y aceleró el ritmo. Cada embestida daba en aquel punto sensible de mi interior. Cada movimiento me acercaba más al éxtasis.
—Aiden, casi llego.
—Córrete conmigo, nena. Córrete conmigo.
Deslizó la mano entre los dos y me acarició el clítoris. Eso fue todo lo que hizo falta.
Me corrí. Mi segundo orgasmo fue aún más intenso que el primero, tanto que grité su nombre.
Embistió dos veces más con un gemido. Sentí cómo latía en mi interior, sentí cómo su calor me inundaba.
Por fin, se desplomó sobre mí; ambos nos habíamos quedado sin aliento.
Tras unos instantes, se hizo a un lado y me estrechó contra él. Apoyé la cabeza sobre su pecho para escuchar sus latidos constantes.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Mejor que bien.
Me besó en la coronilla.
—Estuviste increíble.
Nos quedamos ahí recostados, sumidos en un silencio agradable. Sus dedos trazaron figuras en mi espalda.
No quería que aquel momento terminara.