Punto de vista de Rosalie
Esa tarde limpié siete habitaciones y ni siquiera sabría decir cómo eran.
Mis manos hacían todo el trabajo: deshacer las camas y volver a tenderlas con sábanas limpias; doblar las esquinas tal como el señor Gregor me había enseñado durante el entrenamiento, estiradas e impecables como un sobre; limpiar las superficies del baño; fregar inodoros y bañeras; pulir los espejos hasta que mi propio reflejo me devolvía la mirada —pálida, exhausta y vestida con un uniforme que