Brian apretó la mandíbula, la furia aún ardiendo en sus venas. El eco de la amenaza de Antonio lo hacía sentir acorralado, como si estuviera perdiendo terreno frente a todos.
—¿Y qué vas a hacer, tío? —escupió, con una sonrisa torcida y los ojos cargados de resentimiento—. ¿Golpearme delante de ellas solo por defender a esta mujer? ¿Acaso no te das cuenta de que se burla de todos nosotros?
Antonio lo fulminó con la mirada, cada músculo de su cuerpo tenso, dispuesto a atacar.
—Te daré una sola oportunidad, Brian —gruñó, su voz resonando con la fuerza de una sentencia—. Suéltala ahora… o juro que no respondo por lo que pase.
El silencio se volvió insoportable. Sofía temblaba bajo el agarre de Brian, que se negaba a ceder, como si aflojar fuera una derrota demasiado grande.
—Eres un ciego, Antonio —replicó, con el rostro desencajado—. No ves quién es realmente Sofía. ¡Yo soy su esposo, maldita sea! Tengo derecho a exigirle respuestas, a ponerle límites.
Antonio dio un paso más cerca, sus ojos brillando con furia contenida.
—No. —su voz fue un látigo—. Tienes derecho a respetarla. A protegerla. Y si no eres capaz de hacerlo, entonces no mereces llamarte su esposo.
Las palabras golpearon a Brian más fuerte que cualquier puño.
Sus labios se entreabrieron, pero no encontró respuesta. La respiración agitada lo traicionaba, dejando en evidencia la rabia y, sobre todo, el miedo de perder el control frente a su propio tío.
Sofía, entre lágrimas, suplicó con voz quebrada:
—Por favor, Brian… suéltame.
El ruego retumbó en su interior, mezclado con la humillación de ver cómo Antonio se interponía una vez más entre ellos. Y entonces, una chispa venenosa atravesó su mente.
¿Acaso Antonio sentía algo por Sofía?
La idea lo golpeó como un puñal. El modo en que la defendía, la firmeza de sus palabras, la intensidad en su mirada… ¿podría ser posible? No, se dijo enseguida, sacudiendo la cabeza mentalmente. No era posible. Simplemente no.
Aun así, la duda se quedó clavada en su pecho.
Con un gruñido impotente, finalmente aflojó la presión en el brazo de Sofía y la soltó de golpe, como si quemara. Ella retrocedió unos pasos hacia Antonio, buscando sin querer la seguridad que él le ofrecía.
Brian los miró, con los ojos encendidos de celos y desconfianza.
Antonio respiró hondo, manteniendo la mirada firme sobre Brian, cuyos celos aún chispeaban como brasas encendidas.
—Sofía —dijo con voz autoritaria, pero serena—, sube a tu habitación.
Ella asintió de inmediato, sin dudarlo. Cada músculo de su cuerpo agradecía la protección que Antonio le ofrecía. Sus ojos se cruzaron con los de Brian por un instante, y en esa mirada percibió reproche, furia y un intento vano de intimidarla. Sin embargo, Sofía no cedió; con paso decidido, se dirigió hacia las escaleras.
Brian permaneció inmóvil, con el pecho subiendo y bajando rápidamente, incapaz de disimular la rabia que aún lo consumía.
Mientras Sofía cruzaba la puerta de la mansión, escuchó la voz de Antonio resonar nuevamente en el vestíbulo:
—Brian… recuerda bien lo que te dije. Nadie, absolutamente nadie, toca a Sofía mientras yo esté aquí.
Unos segundos más tarde, el sonido de sus pasos se desvaneció, dejando un silencio pesado que envolvió a Brian.
Sofía no perdió tiempo. Subió las escaleras y al llegar a su habitación cerró la puerta y giró el seguro con un clic que le dio una sensación momentánea de seguridad. Necesitaba protegerse, necesitaba alejarse de Brian y de sus acusaciones.
Se dejó caer sobre la cama, todavía consciente de las palabras que Brian había lanzado: “¡Tienes un amante!”. Cada sílaba resonaba en su mente, provocando un dolor punzante en el corazón. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero las contuvo con fuerza; no dejaría que él volviera a romperla .
Porque él era el que la había traicionado.
¿Cómo se atrevía a acusarla de infidelidad?
¿Cómo podía señalarla con desprecio y sin prueba alguna?
Sofía cerró los ojos un instante, respirando hondo, mientras la furia y la decepción se mezclaban dentro de ella.
(....)
Al día siguiente, Sofía salió de su habitación, sintiéndose totalmente desanimada. Cada paso que daba parecía pesar el doble, y un nudo apretaba su garganta mientras bajaba las escaleras.
Al llegar al salón, no pudo evitar mirar hacia la sala…
Anna y Brian estaban allí, compartiendo un tierno beso, completamente ajenos al mundo que los rodeaba. La escena hizo que un dolor agudo se clavara en el corazón de Sofía; la rabia, la traición y la impotencia se mezclaban con una tristeza profunda.
Eran descarados, pensó, sin un ápice de vergüenza por mostrar su amor delante de ella. Ni siquiera tenían empatía. La habían engañado durante tres años, mientras ella permanecía ilusionada, esperando que Brian fuera suyo.
Sus ojos se desviaron inevitablemente hacia el abdomen redondo de Anna. Aunque odiaba admitirlo, la veía hermosa; un brillo especial irradiaba de ella, y el embarazo le sentaba como un regalo de la vida misma. Sofía sintió un dolor punzante: “Ella ha obtenido todo lo que yo soñé… se suponía que yo debía estar allí, no ella”, se repitió en silencio.
De repente, Anna levantó la mirada y sus ojos se cruzaron con los de Sofía. Con una sonrisa complacida, la llamó:
—¡Sofía!
El corazón de Sofía se encogió. Brian también se dio cuenta de su presencia, y la dulzura que minutos antes emanaba de su rostro desapareció por completo. La tensión era casi palpable; sus ojos, ahora llenos de reproche y resentimiento, se clavaron en ella.
Brian intentó decir algo al verla, pero Sofía de inmediato dio un paso hacia atrás, dirigiéndose a la puerta mientras Brian la llamaba a gritos.
El corazón de Sofía dolía con cada palabra que él pronunciaba, pero no se detuvo. Sin mirar atrás, salió de la mansión, llevando consigo la mezcla de dolor, humillación y rabia que la acompañaría durante todo el día.
Sofía caminaba por las calles sin rumbo, arrastrando sus pasos . Cada pensamiento golpeaba su mente como un martillo: la traición, los celos, la humillación. No encontraba un lugar donde refugiarse, ni un instante de paz que calmara el dolor que sentía en el pecho.
No sabía ni cómo había terminado frente a un bar, pero la idea de entrar le ofrecía una pequeña chispa de escape. Quizá, pensó, solo allí podría dejar de pensar, al menos por un rato, en todo lo malo que le estaba sucediendo.
El calor del interior, el murmullo de las conversaciones ajenas y la música de fondo parecían envolverla, separándola por un momento de la tormenta que la acosaba. Sofía se permitió, aunque solo fuera por un instante, olvidar los reproches, las acusaciones y las miradas llenas de desprecio.
Sofía apenas pudo disfrutar unos minutos de su aparente escape cuando lo vio: Antonio. Su corazón dio un vuelco, y la mezcla de alivio y miedo la hizo retroceder. Intentó alejarse, desaparecer entre la multitud del bar, pero él fue más rápido. Con determinación y fuerza contenida, la alcanzó y la detuvo.
—Sofía… —dijo Antonio, su voz grave y medida, intentando ocultar cualquier atisbo de preocupación—. No deberías estar aquí sola.
Ella lo miró con desconfianza, los ojos llenos de recelo y un brillo de miedo contenido. Su respiración se volvió más rápida, y cada músculo de su cuerpo parecía preparado para escapar.
—Déjame ir, Antonio. No es asunto tuyo —murmuró, tirando ligeramente de su brazo, intentando zafarse de su agarre.
Él no cedió. La firmeza con la que la sostenía era innegable, y su mirada, intensa y fija, no le daba margen de discusión. Cada palabra que pronunciaba estaba cargada de autoridad, de un cuidado que Sofía no sabía cómo interpretar.
—No voy a discutir —replicó él, con voz firme y sin titubeos—. Solo quiero que estés a salvo.
El silencio que siguió fue pesado, casi tangible. Sofía sintió cómo la cercanía de Antonio la obligaba a detenerse, y por un instante, la rabia y la desconfianza se mezclaron con un resquicio de alivio que no pudo controlar. La fuerza de su determinación la mantenía rígida, pero por dentro, algo comenzaba a ceder.
Con un gesto firme, la condujo hacia su coche. Sofía dudó, pero no tuvo opción; la fuerza de Antonio era innegable. Una vez dentro, el silencio del viaje se volvió pesado, cargado de palabras no dichas.
Finalmente, Antonio rompió la tensión, su voz grave y medida:
—Sofía… tal vez deberías… considerar divorciarte de Brian.
Sofía lo miró de reojo, el corazón latiéndole con fuerza, confundida y herida. No sabía si lo decía por preocupación o por algún otro motivo que no entendía. Su mente empezó a girar, mezclando miedo y desconfianza: ¿Y si esto no es por mí? ¿Y si… solo quiere quedarse con la herencia de los Valtieri?
Un escalofrío la recorrió, porque la posibilidad, aunque absurda, parecía demasiado real para ignorarla. Y en ese instante, sin poder explicarlo, supo que algo estaba cambiando… algo que podría alterarlo todo.