Capitulo 3

Lucía, maestra en la manipulación, había perfeccionado su arte: fotografías alteradas, pruebas falsas, rumores sembrados como semillas de odio. En las imágenes que Juan Mario le entregó, María aparecía besándose con Héctor César. El coronel, convencido, llamó a Lucía para que reforzara la acusación. 

En ese instante, un golpe seco en la puerta interrumpió su plan.  

—¿Dígame? —preguntó Lucía con voz firme.  

—Soy el sargento Emiliano, vengo desde España. Me dijeron que usted tiene pruebas y necesito verlas —respondió el hombre con tono autoritario.  

Lucía sonrió con frialdad.  

—Sí, tengo lo que busca. Pero no fue la embajada de Estados Unidos quien me llamó. De todas formas, iba a entregar todo.  

María, presente en la sala, se adelantó con valentía:  

—Vale, vamos.  

Gabriel, al escuchar aquello, sintió que la desconfianza lo devoraba. Y en medio de esa tormenta, descubrió que María esperaba un hijo suyo. El golpe fue devastador.  

—No quiero verte más —le dijo con dureza.  

Contrató entonces a Edgardo, un abogado de hierro, para luchar por la custodia del niño.  

Mientras tanto, Diego, consumido por los celos, planeaba eliminar a Gabriel. Pero la traición se volvió contra él: tres disparos lo derribaron al salir de la comandancia. Lucía recibió la llamada de Mónica y Gabriela:  

—Misión cumplida.  

Lucía sonrió con crueldad:  

—Perfecto. Ahora vamos por la abuela, doña Rosa.  

El asesinato de la anciana fue un golpe mortal para María, quien aún no lo sabía.  

Quince días después, el juicio comenzó. Gabriel, con lágrimas en los ojos, se enfrentó a María.  

—Te quitaré la custodia de Dairon. No puedo creer en ti.  

—¿Tú sabes quién soy? —gritó María entre lágrimas—. ¡No soy capaz de hacerte eso!  

—Lo siento. Adiós —respondió Gabriel, quebrado.  

El juez dictó sentencia: 40 años de cárcel y traslado inmediato a España. Esa misma noche, María recibió la noticia de la muerte de su abuela.  

—¡No, abuela! Tu muerte no quedará impune…  

En prisión, María conoció a Estefanía y Juliana, dos mujeres que le enseñaron a defenderse. Allí también apareció Enrique, su abogado defensor, quien confesó:  

—Te amo con todo mi ser.  

María lo miró con tristeza:  

—Solo te veo como un amigo. Aún amo a Gabriel.  

Enrique, decidido, prometió ayudarla a demostrar su inocencia.  

La sorpresa llegó con Gabriela, una mujer que afirmaba ser su hermana.  

—Vine a conocerte. Soy tu sangre.  

—No te creo. ¿Qué me demuestra que dices la verdad? —replicó María.  

—Tengo fotos tuyas de recién nacida. Míralas.  

María, confundida, dudaba entre creer o rechazar aquella revelación. 

Mientras tanto, en Nueva York, Gabriel organizaba una fiesta familiar. Andrés y Lucía conspiraban en voz baja:  

—Ya quitamos a quienes nos estorbaban. Ahora debemos quitarle la presidencia.  

Lucía, con una risa venenosa, añadió:  

—Debemos encontrar un documento clave y atacar desde ahí.

Mientras las copas de cristal chocaban en la lujosa residencia de Nueva York, Gabriel intentaba sonreír, aunque su mirada permanecía perdida. La presencia de Andrés y Lucía a su lado era, para él, un refugio; para ellos, era la oportunidad perfecta para clavar el puñal definitivo.

—Gabriel, querido, debes enfocarte en el futuro de la empresa —susurró Lucía, fingiendo preocupación mientras le acomodaba la solapa del traje—. María es pasado, una mancha que ya borramos.

Gabriel asintió mecánicamente, ignorando que, en ese mismo instante, Andrés deslizaba una llave maestra en el despacho privado de la presidencia. El objetivo era claro: el Fideicomiso de los Alcázar, un documento que estipulaba que, si Gabriel se veía envuelto en un escándalo ético o legal, la presidencia pasaría automáticamente a su socio más cercano.

—Lo tengo —susurró Andrés en la penumbra del despacho, guardando el sobre lacrado—. Mañana, Gabriel dejará de ser el dueño de su propio imperio.

El Despertar de la Guerrera

A miles de kilómetros, en la frialdad de la celda, María sostenía las fotografías que Gabriela le había entregado. Sus ojos, antes llenos de dulzura, comenzaban a endurecerse. El dolor por la muerte de doña Rosa se había transformado en un combustible helado.

—¿Por qué apareces ahora? —preguntó María, mirando a Gabriela a través del cristal de las visitas.

—Porque Lucía te quiere muerta, hermana —respondió Gabriela con una sinceridad que estremeció a María—. Yo trabajé para ella, vi cómo fabricaron las pruebas, cómo engañaron a Gabriel. Pero cuando supe que eras mi sangre, no pude seguir.

Estefanía y Juliana, observando desde una esquina del patio, se acercaron cuando Gabriela se marchó.

—Si quieres sobrevivir aquí y allá afuera, debes dejar de llorar —dijo Estefanía, la más experimentada—. Enrique podrá ser un buen abogado, pero las leyes no detienen las balas. Tienes que aprender a golpear primero.

Un Giro Inesperado

Esa noche, Enrique llegó a la prisión con noticias urgentes. Su rostro estaba pálido.

—María, he analizado los metadatos de las fotos que usaron en el juicio. Son montajes de alta calidad, pero tienen una firma digital. El equipo que las editó pertenece a una empresa fantasma registrada a nombre de... Edgardo, el abogado de Gabriel.

María se puso de pie, apretando los puños.

—Entonces Gabriel no solo me quitó a mi hijo, sino que contrató al hombre que fabricó mi desgracia.

—Hay algo más —añadió Enrique, bajando la voz—. El traslado a España no es por el juicio.

El sargento Emiliano no es quien dice ser. No hay registros de él en la Guardia Civil española. Te están sacando del país para eliminarte donde nadie pueda reclamar tu cuerpo.

María miró hacia la oscuridad del pasillo de la prisión. Ya no era la maestra indefensa.

—Enrique, dile a Gabriela que acepto su ayuda. Y dile a Gabriel, si alguna vez lo ves, que se prepare. Porque la mujer que él condenó murió hoy, y la que va a regresar no conoce el perdón.

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Constance Espinosa HernándezYa estoy enganchada con esta historia
Constance Espinosa HernándezQue malditos!!
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