Mientras la multitud que había asistido comenzaba a dispersarse, yo permanecí inmóvil, como si mis pies estuvieran anclados al suelo, incapaz de alejarme de aquel lugar donde descansaba el cuerpo de mi amada hija. Me quedé allí, sola, observando la tumba recién cerrada. El silencio que reinaba en el cementerio se volvio opresivo. En ese silencio, finalmente me permití sentir la magnitud devastadora de mi pérdida, dejando que el peso de la realidad me golpeara con toda su fuerza.
En aquel instan