El último tramo de ascenso fue una prueba de resistencia pura. Las rodillas me temblaban y la respiración de Adrián era pesada, aunque disimulaba su fatiga con una terquedad admirable. Cuando finalmente alcanzamos la cima, no fue la vista lo que nos detuvo, sino un sonido: risas y el crepitar de una fogata.
Jadeando, me apoyé en una roca y miré el pequeño claro. No estábamos solos. Había un área de campamento improvisada donde varias personas se habían reunido para acampar. Una pareja de mediana edad estaba sentada sobre un tronco, junto a una fogata humeante, bebiendo de tazas de metal.
Un alivio inmenso me inundó. Estábamos a salvo.
—¡Señal! —gritó Adrián, revisando su teléfono con la mano temblorosa. Tres barras.
Sin pensarlo dos veces, me apresuré hacia la pareja sentada.
—¡Disculpen! —dije, sintiendo que mi voz sonaba desesperada. —Hemos tenido un percance. Nos perdimos y el GPS murió. Necesito pedir ayuda, ¿serían tan amables de prestarme su teléfono?
La mujer se puso de pie de