El último tramo de ascenso fue una prueba de resistencia pura. Las rodillas me temblaban y la respiración de Adrián era pesada, aunque disimulaba su fatiga con una terquedad admirable. Cuando finalmente alcanzamos la cima, no fue la vista lo que nos detuvo, sino un sonido: risas y el crepitar de una fogata.
Jadeando, me apoyé en una roca y miré el pequeño claro. No estábamos solos. Había un área de campamento improvisada donde varias personas se habían reunido para acampar. Una pareja de median