El viaje de bajada fue mucho menos aventurado y mucho más incómodo que el ascenso. Adrián y yo estábamos sentados en la parte trasera del vehículo blindado, un mundo aparte del ambiente íntimo que habíamos compartido en la cima. Nos habíamos despedido de Elena y Raúl con un apretón de manos cordial y una promesa vaga de enviarles fotos (una promesa que sabía que no podría cumplir sin la dirección postal).
Dentro del coche, el silencio era denso y pesado. Cada uno se había retirado a su propia esquina del espacioso asiento trasero. El suéter de Adrián todavía me cubría, pero el calor de la fogata había sido reemplazado por la frialdad del cuero del auto. Yo miraba por la ventana, viendo cómo el bosque se hacía menos denso, sintiéndome frustrada y nostálgica. Frustrada porque el casi-beso había sido interrumpido; nostálgica porque sentía que acababa de perder una oportunidad genuina de conocer al hombre que tenía a mi lado.
La brisa jugaba con mi cabello, que aún olía ligeramente a humo