El viaje de bajada fue mucho menos aventurado y mucho más incómodo que el ascenso. Adrián y yo estábamos sentados en la parte trasera del vehículo blindado, un mundo aparte del ambiente íntimo que habíamos compartido en la cima. Nos habíamos despedido de Elena y Raúl con un apretón de manos cordial y una promesa vaga de enviarles fotos (una promesa que sabía que no podría cumplir sin la dirección postal).
Dentro del coche, el silencio era denso y pesado. Cada uno se había retirado a su propia e