El coche con sus ventanas polarizadas, se sentía como una burbuja de alta tecnología avanzando hacia la prehistoria. Habíamos pasado la euforia inicial del Pabellón del Loto Celeste y la diversión de las patatas fritas. Ahora, la carretera que Adrián seguía se estrechaba cada vez más, convirtiéndose en un camino de grava irregular flanqueado por árboles centenarios y maleza espesa.
—Según el GPS, El templo de las sacerdotisas debería estar por aquí —murmuró Adrián, frunciendo el ceño a la pantalla del coche, pero ahora estaba cubierto de polvo fino que se colaba por las ventilaciones.
—Parece que estamos conduciendo hacia un set de película de terror —señalé, pegada a la ventana. El bosque era denso; la luz del sol luchaba por pasar.
De repente, la suave voz del GPS murió con un pitido abrupto. La pantalla se congeló, mostrando la temida X roja.
—¡Genial! —exclamó Adrián con una risa nerviosa. —La tecnología nos ha abandonado.
—¿"Genial"? Adrián, se suponía que tenías todo bajo contro