La habitación seguía en penumbra, iluminada apenas por la luz espectral del teléfono que temblaba en mis manos.
Adrián había dicho algo sobre una guerra comercial. Había hablado de estrategias, de fusiones, de ataques. Pero yo ya no lo escuchaba. El sonido de su voz se había ido desvaneciendo, reemplazado por un zumbido agudo en mis oídos que crecía hasta volverse ensordecedor.
Mis ojos estaban clavados en ese nombre. Silas Voss… No era solo un hombre más con dinero. No era solo un candidato a gobernador… Las letras parecían retorcerse en la pantalla, convirtiéndose en serpientes. De repente, el aire acondicionado dejó de ser frío y se sintió como el aliento rancio y caliente que recordaba de mi infancia.
Me quedé callada. Completamente inmóvil. En mi mente, una compuerta oxidada que había mantenido cerrada durante años se rompió de golpe. Voces masculinas que conocía muy bien empezaron a susurrar, primero lejos, luego pegadas a mi oreja.
Nadie lo va a saber, Valeria.
Nadie te va a c