—Fue un día largo —concedió, caminando hacia el minibar. Sacó dos botellas de agua fría y me lanzó una, que atrapé al vuelo—. Pero sobreviviste a tu primer día sin itinerario. Eso merece un premio.
Bebí agua con avidez.
—Mi premio sería no tener que moverme de esa cama en las próximas doce horas —dije, señalando la habitación y estirando los pies y haciendo una mueca de dolor al rotar los tobillos mientras me tiraba sobre el sofá.
Adrián dejó su botella en la mesita y se quedó mirándome los pies.
—¿Te duelen mucho? —preguntó.
—Siento que caminé sobre vidrios —exageré un poco, masajeándome el arco del pie derecho—. No estoy acostumbrada a este ritmo. Mi deporte extremo habitual es correr en tacones para llegar a una reunión, no huir de monzones.
Adrián sonrió de lado. Sin decir una palabra, caminó hacia el baño. Lo oí rebuscar en su neceser. Un momento después, volvió con un bote de crema hidratante en la mano.
Se acercó al sofá. No se sentó a mi lado. En su lugar, se arrodilló en el s