—Fue un día largo —concedió, caminando hacia el minibar. Sacó dos botellas de agua fría y me lanzó una, que atrapé al vuelo—. Pero sobreviviste a tu primer día sin itinerario. Eso merece un premio.
Bebí agua con avidez.
—Mi premio sería no tener que moverme de esa cama en las próximas doce horas —dije, señalando la habitación y estirando los pies y haciendo una mueca de dolor al rotar los tobillos mientras me tiraba sobre el sofá.
Adrián dejó su botella en la mesita y se quedó mirándome los pie