—Todavía nos falta una parada —anunció Adrián cuando salimos del mercado, sacudiéndose unas migajas de roti dulce de la camiseta turística.
—¿Otra? —pregunté, aunque mis pies empezaban a protestar, mi curiosidad era mayor—. Adrián, parecemos un anuncio andante de "Turistas Perdidos". ¿A dónde vamos a ir con estas camisetas de elefantes?
—A un lugar donde nadie nos mirará raro. O donde, al menos, la vista será tan buena que nadie nos mirará a nosotros. Confía en mí.
Caminamos hacia el muelle cercano. Allí, en lugar de las barcazas ruidosas y abarrotadas de turistas, nos esperaba una embarcación de madera teca oscura, más pequeña y elegante, iluminada con farolillos tenues de luz cálida. Era un crucero privado para cenas por el río Chao Phraya.
Nos subimos. El contraste fue inmediato: dejamos atrás el caos y el ruido del mercado para entrar en una burbuja de jazz suave y brisa fluvial.
Nos sentaron en una mesa cerca de la proa, al aire libre. El camarero, impecable, no parpadeó ni una v