Adrián bajó la mirada hacia mi estómago y una sonrisa de oreja a oreja, lenta y burlona, se dibujó en su rostro. —Ya veo... —dijo, con esa pizca de ironía que tanto me sacaba de quicio—. Bueno, la cena está servida. Puedes salir y comer cuando quieras.
Se dio media vuelta y se alejó de la habitación como si nada hubiera pasado, dejándome allí plantada con mi vergüenza. Me quedé parada en el umbral, debatiéndome internamente. ¿Qué debía hacer? ¿Quedarme encerrada y morir de hambre con dignidad,