El sol de la tarde bañaba de un tono ámbar el balcón de la suite. Sentada en su silla de ruedas, Graciela absorbía el calor con los ojos cerrados. Una manta de cachemira cubría sus piernas inmóviles, y a su lado, un discreto palo de metal sostenía las bolsas de medicamentos que goteaban vida en sus venas a través de las agujas en el dorso de su mano derecha.
Su mirada se perdía en la distancia, fija en los impetuosos edificios que se burlaban del horizonte. Verlos le producía una punzada de fam