Mi cuerpo no era mío.
Ese fue el primer pensamiento coherente que logró abrirse paso a través de la niebla. Era una pesadez adolorida, un dolor donde cada latido marcaba un lugar diferente: unas costillas que protestaban, un labio hinchado, una sien que palpitaba con un eco sordo. El frío era lo siguiente; un aire estéril que se me colaba hasta los huesos, tan distinto al hedor a podredumbre y miedo que aún se aferraba a mi memoria.
Abrí los ojos. O al menos, lo intenté. El mundo era una mancha