—No puede ser…
Era la expresión de la niña. Esos ojos enormes, oscuros, estaban inundados de un terror puro, un miedo que transcendía el papel y el tiempo. Esos ojos... eran inconfundibles. Eran los ojos de Valeria….
Y entonces, vio lo demás. El brazo. Un brazo masculino, enfundado en la manga impecable de un traje color champán, entraba por el borde de la foto. Una mano grande, de uñas cuidadas, reposaba con una familiaridad obscena, posesiva, sobre la pierna de la niña, justo por encima de la