El espacio común los recibió con una calma engañosa.
Nada parecía haber cambiado desde que salieron del taller: las mismas mesas desordenadas, las pantallas con datos que nadie vigilaba de forma constante, las conversaciones bajas que subían y bajaban como una respiración colectiva. Sin embargo, Valeria sentía el cambio en el cuerpo, como una presión suave pero persistente detrás del esternón. Hablar con quienes querían irse había removido algo más profundo que cualquier discusión abierta.
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