Gonzalo comenzó a caminar en círculos lentos, sus pasos resonando en el suelo de mármol con una precisión militar. La luz roja de emergencia proyectaba su sombra sobre las estanterías de archivos, haciéndolo parecer una extensión de la misma estructura de acero que los rodeaba. No era el títere de Graciela; era el guardián de un sistema.
—Tú te fuiste a jugar a ser libre, Adrián —soltó Gonzalo, su voz era un látigo de resentimiento—. Te fuiste a ensuciarte las manos en el barro, a vivir una