El eco de los pasos de Adrián sobre el suelo de madera fue el preludio de un encuentro cargado de una tensión casi insoportable. Cuando alcanzó el pasillo de servicio, la imagen lo detuvo en seco: Valeria, con el rostro perlado de sudor y esfuerzo, sostenía casi por completo el cuerpo de Anastasia. La heredera de los Volkov parecía una muñeca de porcelana rota; su piel estaba ceniza y el reactivador que Valeria le había administrado la hacía temblar con espasmos violentos.
Al ver la figura de