Mansión Han.
El estruendo de la puerta al cerrarse no fue solo un ruido; fue una amputación. El eco del portazo recorrió las molduras de yeso del techo y se filtró por las pesadas cortinas de terciopelo, dejando tras de sí un silencio denso, un silencio "pesado" que Graciela Han no había sentido en décadas. Una ausencia absoluta de vida que parecía devorar el aire de la habitación.
Graciela se quedó inmóvil. Su mano derecha permanecía suspendida en el vacío, con los dedos todavía estirados h