Mansión Han.
El estruendo de la puerta al cerrarse no fue solo un ruido; fue una amputación. El eco del portazo recorrió las molduras de yeso del techo y se filtró por las pesadas cortinas de terciopelo, dejando tras de sí un silencio denso, un silencio "pesado" que Graciela Han no había sentido en décadas. Una ausencia absoluta de vida que parecía devorar el aire de la habitación.
Graciela se quedó inmóvil. Su mano derecha permanecía suspendida en el vacío, con los dedos todavía estirados hacia la puerta, como si intentara atrapar los jirones de la presencia de su hijo. Sus dedos, delgados y pálidos como ramas de invierno, temblaban de una forma rítmica y humillante que ella no podía controlar. Era el temblor de la impotencia, la vibración de un motor que se ha quedado sin combustible.
A su lado, el monitor del suero empezó a pitar con una frecuencia errática. La luz roja de la máquina parpadeaba con insistencia, denunciando que su ritmo cardíaco se había disparado bajo el peso d