El resto de la tarde en la oficina transcurrió en un estado de aturdimiento para mí. Las cifras en la pantalla bailaban sin sentido, mi mente aún revolviéndose entre los coloridos relatos de viajes de Karla y la cruda realidad de mi escritorio gris. Había terminado el informe en el que estaba trabajando casi por inercia, los dedos moviéndose por pura memoria muscular. Justo cuando estaba a punto de sumergirme en otro archivo interminable, la Jefa Méndez apareció en la entrada de nuestra área de