La habitación era un santuario de silencio y penumbra. La única luz provenía del parpadeo tenue de un televisor de pantalla plana empotrado en la pared frente a la cama, donde un noticiero nocturno discurre con voces bajas y graves. Graciela Han yacía recostada sobre una montaña de almohadas de seda, arropada hasta la cintura con una manta de cachemira suave como el polvo de alas de mariposa. Sus manos, pálidas y finas, yacían inertes sobre la tela, y su rostro, aunque marcado por la fatiga y e