Valeria regresó al apartamento con los pulmones ardiendo y el cuerpo bañado en un sudor purificador. La carrera por el parque no solo había disipado los restos físicos de la resaca, sino que había ordenado el caos de su mente. Al cruzar el umbral del ático, el silencio ya no le pareció opresivo, sino una oportunidad. Se sentía renovada, con una claridad que no había tenido en semanas. Tras una ducha rápida que terminó con agua tibia para relajar los músculos tensos, se puso una ropa cómoda: unos leggings de algodón y una camiseta de Adrián que le quedaba deliberadamente grande, envolviéndola en su aroma a madera y sándalo.
Decidida a no permitir que los comentarios de Instagram o el recuerdo de la voz de Graciela invadieran su paz, extendió su esterilla en medio de la sala. Durante casi una hora, se entregó al yoga. Sus movimientos eran fluidos, buscando en cada estiramiento un equilibrio que le urgía recuperar. Mientras mantenía la postura del guerrero, miraba hacia el horizonte de l