—Te recuerdo, querida Valeria, que no eres nadie en esta casa —continuó Graciela, su voz destilando un desprecio puro—. Anastasia... sí, tu compañera de trabajo. Ella debía ser la verdadera Señora Han. Ella tiene el linaje, tiene la educación y, sobre todo, tiene la decencia que a ti te falta. Es una mujer que sabe cuál es su lugar y cómo honrar un apellido.
Bajé la mirada hacia mis manos, que descansaban sobre el traje crema. De repente, la tela me pareció áspera, ajena, como si realmente fu