El eco del bastón del Señor Dilans aún vibraba en las paredes de mármol cuando el ambiente en el salón cambió de forma drástica. No fue una entrada estrepitosa. Lo que anunció la llegada de la matriarca fue el siseo casi imperceptible de unos neumáticos de goma sobre el suelo de mármol pulido y el aroma a desinfectante clínico que, por un segundo, venció al perfume de los lirios frescos.
Adrián soltó un suspiro casi imperceptible y se enderezó. Su mano, que hasta hace un momento era cálida y relajada, ahora apretaba la mía con una firmeza que bordeaba la advertencia. Sus nudillos estaban blancos.
—Ya viene —susurró, con los ojos fijos en el pasillo lateral que conectaba con el ala médica de la mansión.
Graciela Han apareció sentada en una silla de ruedas de diseño minimalista, empujada por una señora que parecía tener la misma edad de ella llevando un rostro inexpresivo. La imagen me golpeó con la fuerza de un mazo. No era la mujer imponente y atlética que yo había imaginado por