El eco del bastón del Señor Dilans aún vibraba en las paredes de mármol cuando el ambiente en el salón cambió de forma drástica. No fue una entrada estrepitosa. Lo que anunció la llegada de la matriarca fue el siseo casi imperceptible de unos neumáticos de goma sobre el suelo de mármol pulido y el aroma a desinfectante clínico que, por un segundo, venció al perfume de los lirios frescos.
Adrián soltó un suspiro casi imperceptible y se enderezó. Su mano, que hasta hace un momento era cálida y