El salón de visitas, con su opulencia gélida y sus techos que parecían tocar el cielo, se sintió de repente más pequeño, más humano, ante la presencia del hombre que acababa de entrar. No era la Sra. Han, pero su autoridad en esa habitación parecía emanar de algo mucho más antiguo que el dinero: el respeto ganado a través de la lealtad. El eco de su bastón sobre el mármol no era un sonido de poder, sino de persistencia.
Adrián, que hasta hace un segundo se movía con la seguridad de un monarca