El salón de visitas, con su opulencia gélida y sus techos que parecían tocar el cielo, se sintió de repente más pequeño, más humano, ante la presencia del hombre que acababa de entrar. No era la Sra. Han, pero su autoridad en esa habitación parecía emanar de algo mucho más antiguo que el dinero: el respeto ganado a través de la lealtad. El eco de su bastón sobre el mármol no era un sonido de poder, sino de persistencia.
Adrián, que hasta hace un segundo se movía con la seguridad de un monarca en su propio territorio, se quedó petrificado. Vi cómo sus hombros, siempre rectos y tensos bajo el impecable traje de seda negra, perdían esa rigidez defensiva. Fue un cambio sutil, pero para mí, que había aprendido a leer cada milímetro de su lenguaje corporal en las noches de Tailandia, fue como ver a un soldado bajar la guardia al llegar a casa.
—¿Señor Dilans? —la voz de Adrián salió con una nota de incredulidad, quebrándose ligeramente en una frecuencia de vulnerabilidad que me apretó el