Anya
Tenía demasiado suerte de que Bazir, el lobo de Kael, me quisiera de alguna manera porque no había una explicación lógica para que aceptase ser golpeado por todo mi peso. Lo había soportado como si fuera un pellizco, pero había aprendido que los hombres lobos guardaban más secretos de los que me gustaría admitirles yo mismo.
—¿Están bien? —preguntó Waira.
—Sí, creo que sí —dije y me paré de encima del lobo y enseguida este comenzó a olerme en busca de lesiones.
En ese momento me di cuenta