Alade*
El cielo aún estaba teñido de tonos pálidos cuando Alade salió de la casa de Miradiel. No miró hacia atrás. No esperó a que él despertara. Solo se vistió a toda prisa, sintiendo cada movimiento provocar ecos de lo que había ocurrido en aquella cama. Su cuerpo llevaba marcas no solo en la piel, sino también en las entrañas.
Caminaba con firmeza, aunque sus pasos delataban el cansancio y la tensión de los músculos. Por dentro, un caos silencioso hervía. Llegó a la tienda y, por un instante