Alade*
El sol apenas había salido cuando partieron.
Algunos lupinos avanzaban en sus formas bestiales, abriendo camino en la maleza y vigilando los alredores. Otros cabalgaban en silencio, acompañados solo por el sonido de los cascos aplastando la tierra húmeda.
Ella se detuvo junto a un caballo ensillado y vaciló. Frunció el ceño.
"Ah, yo… yo no sé montar."
El lupino que ajustaba las riendas la miró sorprendido. Confuso.
"¿No hay caballos en tu continente?"
Miradiel se acercó con pasos lentos,