Alade*
Miradiel se detuvo delante de ella, levantando la mano para tocar su barbilla. Su toque era cálido, casi rudo, pero aun así gentil. Alzó su rostro, obligándola a mirarlo. Sus ojos amarillos parecían dos brasas encendidas en la penumbra.
"Si quieres desistir, puedes irte" dijo, la voz grave y ronca como un trueno ahogado. "No necesito forzar a nadie a acostarse conmigo."
Alade sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Tragó en seco, intentando mantener firme la voz.
"Tenemos un acuerdo…