Alade*
Tres años habían pasado desde la última vez que pisó Montaña de Oro.
La correspondencia con sus padres era constante, pero a distancia. Alade sabía que ese espacio era necesario para cicatrizar las heridas abiertas tanto las suyas como las de ellos.
La cabaña donde vivían ahora había sido construida por las propias manos de Aaron, entre el verde denso de las montañas.
Aquel atardecer, el cielo ardía en tonos dorados y carmesí cuando Alade terminó de poner la mesa.
Fue entonces cuando sin