La náusea de Alade en aquella mañana fría era más que física. Los ojos estaban hundidos, sin sueño, sin paz, sin respuestas. Lo único que ardía dentro de ella era la incertidumbre: ¿Astar seguía vivo?
Cuando la manija giró con un rechinido, ella se volvió sobresaltada. Un lupino que jamás había visto entró sin ceremonia.
"La señora debe acompañarme."
Sin responder, Alade solo asintió. La garganta demasiado seca para palabras. Bajó las escaleras lentamente.
Frente a ella había
un salón oscuro, v