29. La huida bajo la luna

Mi corazón latía con fuerza, me movía la adrenalina que recorría todas mis venas. Estaba segura que en el momento en el que aquella adrenalina terminara quedaría tan débil que sería prácticamente incapaz de moverme. Así que la aproveché, salí corriendo, pero tal como lo había imaginado los túneles no eran más que laberintos.

— Sé por dónde escapar — me dijo Franco.

Y entonces saltó hacia el frente. Escuché cómo sus huesos crujieron, cómo la ropa se rasgó y cómo se había transformado en un lobo pardo. Este pelaje relativamente claro, con unos ojos preciosos y azules que me observaron. No sabía qué hacer. Entonces él, con la punta de su hocico, señaló su lomo.

— ¿Quieres que suba? — le pregunté.

Pero él no podía contestarme, lo que antes era su boca ahora era un hocico alargado lleno de dientes filosos. Pero la pregunta parecía ser demasiado obvia, ya que se agachó un poco.

Yo comencé a trepar por sobre su pelaje, era muy suave, su piel muy cálida, pero yo aun así me sentía asustada
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