30. A las puertas de la manada

No me senté a descansar porque estaba cansada de estar sentada, pero sí me tomé un segundo de libertad para observar alrededor.

Era un lugar precioso.

La montaña empinada subía hasta tan arriba que podía verse nieve en la parte alta. Se desprendía del hielo un río cristalino que descendía hacia el valle, creando un bosque espeso que se precipitaba alrededor de la montaña antes de que emergiera abruptamente nuevamente la pradera.

Era un lugar precioso, prácticamente mágico en medio de la inmensa planicie, y me pregunté de dónde habría salido aquel lugar.

El bosque que lo rodeaba tendría unos cuantos kilómetros de extensión, pero nosotros nos detuvimos en la parte externa, donde el río desembocaba en la pradera y se perdía en el horizonte.

Franco se había metido al agua un rato, completamente desnudo, a observar el amanecer. Y entonces, desde ahí, me habló. Yo estaba de pie en la orilla, contemplando unos pececitos que pululaban en el río.

— ¿Me lo va a decir, mi luna? ¿me va a decir q
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