30. A las puertas de la manada
No me senté a descansar porque estaba cansada de estar sentada, pero sí me tomé un segundo de libertad para observar alrededor.
Era un lugar precioso.
La montaña empinada subía hasta tan arriba que podía verse nieve en la parte alta. Se desprendía del hielo un río cristalino que descendía hacia el valle, creando un bosque espeso que se precipitaba alrededor de la montaña antes de que emergiera abruptamente nuevamente la pradera.
Era un lugar precioso, prácticamente mágico en medio de la inmensa