28. El precio de la libertad
Yo no sabía ciertamente si lo que estaba haciendo era lo correcto, porque tal vez trabajar con el Alfa Bastian me serviría para completar mi venganza, me serviría para poder tener la excusa perfecta para escapar con mi hija, era tal vez la bendición que yo la había pedido al cielo.
Pero había algo en ese hombre que me generaba un extraño nudo en el estómago y, cuando el pobre Franco creyó que todo lo que yo le había dicho al Alfa era mentira, no tuve el valor para mirarlo a la cara y decirle que se equivocaba, que la verdad era que yo sí había llegado a la manada de Alaska para vengarme de ellos, para destruirlos y para llevarme a mi hija.
Pero ahora ya no estaba segura. Estaba segura de lo que era lo correcto porque, entre más pasaban los minutos y entre más sobre pensaba sobre aquello, sabía que la realidad era que simplemente me convertiría en una esclava más del Alfa Bastian.
Claro que sí, en eso era en lo que me convertiría si dedicaba mi esfuerzo a trabajar con él. Lo mejor que