119. La embajadora luna.

Yo hubiera preferido ir sola, pero sabía también que para Maximiliano no iba a ser para nada cómodo el quedarse en la manada intranquilo por mi bienestar.

Sabíamos que algo había pasado con Franco; su desaparición se debía a algo en especial, a que algo había pasado y no podíamos quedarnos sin hacer nada. Sí, yo sí debía ir, pero yo no quería presentarme con demasiados lobos; no quería que el aquelarre llegase a pensar que aquello era una amenaza. Se suponía que era una visita más bien diplomática. Así que entre menos, mejor.

Por eso no me sorprendió cuando Maximiliano apareció a esas horas de la noche con el joven Santiago. Sí, habían pasado por la enorme casa de la hacienda donde vivía el Alfa, porque Maximiliano necesitaba asegurarse que estuvieran a salvo y no sabía cómo reaccionaría la gente del pueblo al embarazo de Lara.

— Yo voy a ir con usted, mi luna — me dijo el muchacho con muchísima seguridad.

Yo le agradecí.

— Quiero que la cuides y la protejas. Recuerda que es tu lun
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