120. El jiro helado.
Nunca me había llegado a imaginar que las cosas hubieran salido tan terriblemente mal. De verdad pensé que Franco había logrado hacer algo con los vampiros, pero mientras me arrastraban por los túneles con los ojos vendados y las manos cubiertas, supe que el pobre muchacho no había logrado hacer nada.
No entendía para qué me vendaban y tampoco para qué me amarraban; incluso en mi forma humana podía romper las cuerdas que ataban mis manos, y mi sentido de orientación era tan bueno que casi pude memorizar los dobleces de los pasillos por los que me guiaban para correr hacia el exterior. Podía escuchar cómo arrastraban también a Santiago detrás de mí.
— ¿Qué es lo que está pasando? — les pregunté — . ¿Dónde está Franco? ¿Qué le hicieron?
Era lo que me preocupaba, porque si me estaban tratando a mí así, a la luna del aquelarre vecino, ni siquiera creía imaginarme qué es lo que habían hecho con el pobre muchacho.
Me dejaron en una enorme habitación; podía percibir que era grande porque p