109. El Sueño Ancestral.

— Ya estás aquí — le dijo el lobo.

Franco podía escucharlo dentro de su cabeza, y aquello le asustó. Podía sentir que la enorme fuerza de aquella criatura era absurda, pero al mismo tiempo sintió una extraña sensación de paz que venía de él.

Intentó observar alrededor, pero no podía; era simplemente un espectador de sus sueños. Todo se veía en un extraño azul claro, como si hubiesen puesto unos lentes de contacto en sus ojos con ese color.

El lobo era tan colosal que él, en su forma humana, era incluso más pequeño que uno de sus ojos. La pupila de aquella criatura se dilató en cuanto él se puso de pie. Ya no estaba atrapado en el hielo como había comenzado el sueño, pero no podía controlarse; cada uno de los movimientos que estaba haciendo en el sueño eran automáticos. Él no era más que un espectador de aquel escenario.

— De hecho, fuiste tú el que vino. ¿Qué es lo que quieres? — le dijo

— hablar — contestó el lobo.

Parecía de pocas palabras, pero era tremendamente atemorizante; al
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