108. El derrumbe.

La linterna que tenía Franco iluminaba poco, pero entre su habilidad para ver en la oscuridad y la tenue luz, logró ver con claridad aquellas criaturas.

Eran completamente húmedas; la baba que salía de su cuerpo goteaba en el suelo. Tenían una extraña forma humana, pero eran delgados, con los músculos bastante definidos. No parecían para nada débiles. Muy peligrosos. La baba que caía de sus bocas era espesa, tenía un extraño olor ácido que le quemó la garganta. Habían al menos tres, tal vez cuatro, tal vez un poco más; su vista no alcanzaba a ver más allá, pero los primeros en su camino eran los lobos de la manada de Bastian.

Las criaturas corrieron hacia ellos inconscientemente. Los jóvenes lobos olvidaron por un segundo la misión que tenían entre manos y se defendieron de las criaturas que saltaron sobre ellos. Pero Franco vio con horror cómo uno de aquellos seres extraños y gelatinosos saltaba sobre uno de los lobos, blandiendo la palma de su mano y cercenando el cuello del lobo de
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