El cementerio de Saint-Pierre se alzaba en el corazón de Marsella como una ciudad de silencio, un laberinto de avenidas flanqueadas por mausoleos neoclásicos y ángeles de piedra que parecían observar a los vivos con una mezcla de lástima y desdén. La niebla matutina, cargada de la humedad del Mediterráneo, se enredaba entre las cruces de hierro forjado, creando una atmósfera de irrealidad. Alessandro y Maya caminaban por el sendero principal, sus pasos resonando sobre la grava húmeda con una ca