El aire en la habitación del pánico era denso, saturado por el zumbido de los servidores y el pánico silencioso de Janet. Afuera, el caos de los disparos de Alessandro y Bianca resonaba como una tormenta lejana, pero dentro, el mundo de Janet se había detenido por completo. Sus dedos, antes ágiles sobre el teclado, ahora temblaban violentamente. No era por la infiltración, ni por la amenaza de muerte. Era por la voz.
—Janet...Mi amor, sé que estás ahí. Sé que puedes oírme. No me obligues a der