El Aurus Senat negro se detuvo frente a la residencia Adler con esa elegancia silenciosa que solo tienen los autos hechos para gente que no necesita presumir nada. Dominik bajó sin prisa, ajustándose apenas el saco mientras sus ojos recorrían la entrada con esa mirada suya que parecía medirlo todo sin esfuerzo.
El aire era frío, pero no lo suficiente como para incomodarlo.
—Señor, bienvenido —dijo la ama de llaves apenas lo vio acercarse—. Su padre lo espera en el despacho.
Dominik no respondió