Ambos salieron del salón de subastas sin mirar atrás, pero la energía que dejaron a su paso fue eléctrica. El murmullo que siguió a Dominik y Samantha no era de aprobación ni de admiración; era pura y simplemente el sonido de un poderío abrumador que dejaba a todos sin aliento.
Rafael, sin embargo, no se había movido. Permanecía de pie junto a su mesa, la copa de champán todavía aprisionada en su mano, tan firme que sus nudillos se habían vuelto blancos. Una vena latía en su sien, un tambor de