El despacho de Dominik en el corazón de Moscú era un santuario de minimalismo y control. Las paredes de cristal ofrecían una vista panorámica de la ciudad, un mar de luces bajo un cielo grisáceo.
Dominik estaba sentado frente a la pantalla, sus dedos moviéndose sobre el teclado con una precisión quirúrgica. Su rostro estaba iluminado por el resplandor del monitor, una máscara de concentración absoluta. Frente a él, en uno de los sillones de cuero, Leonid Orlov se encontraba reclinado, completam