Samantha se giró lentamente, y su rostro era una máscara de hielo. Sus ojos, que antes brillaban con curiosidad y diversión, ahora estaban llenos de un odio frío y una seriedad que cortaba el aire.
—¿Qué demonios...? —empezó, pero las palabras se le atragantan cuando la mano de Samantha se alzó con rapidez, golpeando su mejilla con una fuerza que resonó en el silencio que se había creado a su alrededor.
Rafael no retrocedió. Al contrario, sus ojos se oscurecieron con una rabia pura y primitiva.